La Fuente del Avellano, (Fuente de las Lágrimas o Fuente Agrilla) Granada, España

Foto antigua de La Fuente del Avellano, Granada, España

Hay muy poca gente ya en Granada que cuente la leyenda que os voy a contar.

Caminando por el Paseo de los tristes, a la vera del río Darro, hay un camino que conduce a una fuente misteriosa conocida con el nombre de La Fuente del Avellano. La persona que me contó la historia me dijo que hubo un tiempo en que la llamaban la Fuente de las Lágrimas y, también, Fuente Agrilla.

Y es que hace mucho tiempo, cuando las aguas del Darro arrastraban en sus arenas pepitas de oro, en un fértil valle conocido como Valparaíso, un caminante descubrió una gruta en la que brotaba una fuente de agua clara y fresca como la nieve. Para llegar a ella había que caminar por una vereda serpenteante y angosta que se abría paso entre avellanos, almencinos, majoletos, pitas y chumberas.

Pronto se supo en toda Granada la existencia de aquella fuente y el agua que daba era muy apreciada por todas las gentes.

En tiempos de Boabdil, las doncellas aprovechaban las cortas épocas de paz que se podían disfrutar en el reino de Granada, para ir a llenar sus cántaros en aquella fuente a la que atribuían grandes beneficios y, en las noches cálidas de verano, subían desde la ciudad o bajaban del Albayzin, para cruzar el Darro, desde El paseo de los tristes, y tomar camino a la misteriosa fuente. No sabían por qué; pero el agua de aquella fuente provocaba diversos efectos en quienes la bebían y, poco a poco, se les fue haciendo necesario beberla.

En una ocasión, atraído por la curiosidad, un intrépido moro, atrevido y valiente, entró en la cueva. Los jóvenes que lo acompañaron, esperaron en vano que saliera. Aquel joven nunca salió y sólo vieron un gran búho cerca de la cueva misteriosa, entonando un canto entrecortado.

Y aquel agua, sin explicación aparente, unas veces tenía sabor amargo y otras un delicado dulzor parecido a la miel. Nadie sabía la razón por la que cambiaba el sabor. Y, cuando esto pasaba, los efectos por beberla también eran distintos: unas veces, se despertaba la pasión en los corazones más indiferentes; otras, se les cubría el corazón de frialdad y se convertían en burladores de sus amados. En los débiles encendía instintos bélicos y a los aguerridos guerreros los cubría de languidez y flojedad. Tanto fue así que los enfrentamientos y encuentros pasionales aumentaron y, en alguna ocasión, corrió la sangre. Después de las disputas o los encuentros amorosos, se quedaban dormidos.

El Cadí, que conocía el secreto de la cueva, se decidió a poner remedio. Dentro vivía una hermosa muchacha que el Cadí tenía por caprichosa y de la que pensaba que se divertía trastocando los sentimientos de quienes bebían su agua. Para protegerlos, y temeroso de que los caprichos de aquella hermosa doncella los dañara más cuando se quedaban dormidos, una pareja de guardias etíopes custodiaba la entrada.

Pero aquella hermosa muchacha era un hada llamada Agrilla y las aguas cambiaban su sabor según su estado de ánimo. Cuando se sentía alegre y dichosa, las aguas eran dulzonas y proporcionaban felicidad a cuantos las bebían; por el contrario, cuando estaba contrariada en sus amores, alguna de sus lágrimas caía al agua y la tornaba amarga, perturbando así la paz de quienes la bebían.

Cuando los Reyes Católicos conquistaron Granada, el hada desapareció y el manantial se quedó con el último sabor que le transmitió su dueña. Agrilla, al abandonar su morada, lloró y las lágrimas fueron al agua mientras contemplaba la belleza del paisaje que sus ojos miraban por última vez. Quiso llevarse aquella imagen consigo y llenó con ella de dulzor su espíritu. Las aguas captaron ese instante y, desde entonces y para siempre, quedaron con un sabor ligeramente agridulce.

Han pasado los siglos y el agua de la fuente conserva ese sabor y conserva las propiedades curativas y es que el hada, al tener que dejar la ciudad y su cueva, quiso que se quedaran para siempre en aquella fuente las señales de su poderoso hechizo.

Durante mucho tiempo, los aguadores repartieron el agua de aquella fuente por la ciudad de Granada. Las doncellas moras y cristianas subieron juntas a llenar sus cántaros y los jóvenes de hoy siguen subiendo cada primavera por la Cuesta del Avellano para reunirse y charlar cerca de la fuente del agua agria. Muchos no lo saben, pero en el hecho de repetir este encuentro, se ejerce la atracción, que perdura en los siglos, del deseo de un hada.

Quien piense que pasó la época en que las hadas decidían la suerte de los mortales, que suba a la Fuente del Avellano y se atreva a beber su agua.

Mara Romero Torres


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