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May 3 12

Trilogía El Padrino

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El poder de lo insuperable


Cuando el escritor Mario Puzo escribió la novela de El padrino y después escribió con Francis Ford Coppola el guión de la película, no podrían imaginar que estaban gestando la mejor trilogía de la historia del cine, y que cuarenta años después seguiría asombrando a varias generaciones de aficionados. No importa haberla visto muchas veces porque en cada ocasión se descubren cosas nuevas que antes habían pasado inadvertidas.

El Padrino, parte I (1972), supone la gran sorpresa. Nadie podía imaginar que un joven Coppola, que había hecho perder dinero a la Paramount en todas sus anteriores películas y que no era ni mucho menos la primera opción de la productora para que se hiciera cargo de la dirección, estuviera a la altura de las circunstancias y regalara al mundo una cinta con sello personal, como si procediera de un maestro que sabe encajar todas las piezas desde el principio hasta el final. Tiene la sabiduría de no aburrir en ningún plano, permite que la historia fluya con picos de altura que dejan al espectador asombrado ante la pantalla. Después tuvo la suerte de contar con un elenco de protagonistas que suben la nota del conjunto con su sola presencia, Marlon Brando como Vito Corleone, Al Pacino como Michael, James Caan como Sonny, John Cazale como Fredo, (todos ellos hijos de Vito), Diane Keaton como Kay Adams o Robert Duval como Tom Hagen, a los que luego se añadiría en la segunda parte el gran Robert De Niro también dando vida a Vito Corleone cuando era joven.

El Padrino, parte II (1974), cuenta con uno de los hándicaps más difíciles de superar en el cine: igualar al menos el nivel de la primera película de la saga. En pocas ocasiones se ha conseguido porque se suele pecar de repetitivo, de poco original, de vivir de los mismos parámetros que habían hecho bueno el producto original. Sin embargo la segunda parte, que vuelve a dirigir Coppola, consigue superar el reto, llega a la altura de la primera, y según algunos críticos y aficionados, la supera. Tiene mayor metraje pero sabe aprovechar todos los aciertos de la anterior, cuenta con un Al Pacino que se hace la cabeza visible de la familia y da una lección soberbia de interpretación que injustamente no le valió el Oscar, y también cuenta con Robert De Niro, magnífico en cada secuencia y que a base de flashbacks va explicando el origen de la leyenda de Vito Corleone desde joven y hasta que se hace uno de los personajes más influyentes de la sociedad neoyorkina.

En cambio, existe unanimidad en considerar El Padrino parte III, (1990), como la más floja de la trilogía. Si no existieran las anteriores y se juzgara esta película en individual su nota sería bastante positiva, porque no sufriría comparaciones ni vistas al pasado, pero la realidad es que supone la tercera parte de la saga, la más alejada en el tiempo respecto a las anteriores, la que pierde en calidad de los actores con cambios generacionales y la que flojea con un guión que no engancha, que no propone fórmulas nuevas y deja un resultado demasiado plano para un paladar que ha saboreado lo mejor. Su final es apoteósico, de esos que encogen el corazón durante minutos, en especial porque Al Pacino culmina una secuencia desgarradora como pocas, pero no es suficiente para evitar que la trilogía vaya decayendo, igual que la propia familia Corleone.

El conjunto de las tres películas, aparte de saber contar con clase y estilo los entresijos de una familia metida en el mundo de la mafia, ofrece un espejo bien limpio de lo que significa la lealtad, el odio, el miedo, la mentira, el amor, el poder, y por supuesto la violencia bien entendida, sin gratuitas escenas que rocen lo desagradable e innecesario. En realidad es la vida misma llevada a lo extremo, donde las pasiones y las pulsaciones suben de revoluciones hasta casi estallar.

La trilogía de El Padrino es una de las cosas más importantes que le han pasado al cine. Supone casi un género en sí mismo que ha sido repetido en centenares de películas o series posteriores, algunas con más o menos acierto, pero que saben dignificar el origen, la fuente principal donde han bebido. Y después de cuarenta años ha envejecido muy bien, ha llevado el paso de tiempo con portentosa calma y empieza a estar muy claro que superar su calidad ya va a ser imposible.

Sergio Yuguero