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Feb 13 12

Las fases de la Primera Guerra Mundial

Más que los aspectos técnicos o los estratégicos, que muchos ya señalan con claridad, las fases en que se desarrolló la Primera Guerra Mundial me interesan desde el aspecto de la evolución en el espíritu del alma humana. Y para encararlas, no me sirven en este caso los eruditos trabajos de tanto historiador libresco que busca entre bibliotecas y archivos datos con los que incrementar su currículo académico y su escala como funcionario. De lo que me voy a valer es de la experiencia directa de un soldado (alemán en este caso) que la vivió en carne propia hasta el punto de tener incrustados al final de la contienda más de veinte trozos de metralla en su cuerpo. Y coincide que, además de guerrero valeroso y hombre de valía, también era un gran escritor: Ernst Jünger, en su libroTempestades de Acero, narra en primera persona los acontecimientos que vivió y cómo marcaron su existencia y la de los seres humanos de este siglo intempestivo. Yo apenas si dejaré alguna reflexión personal al hilo de sus palabras (irán en cursiva) que hacen las veces de Diario de Guerra:


    1- LA PRIMERA FASE DE LA GUERRA ya era de una brutalidad inaudita y de un poder destructivo e impersonal en las armas que apabulla; pero todavía conservaba algún aspecto de las antiguas batallas cuerpo a cuerpo. Es la fase de lucha de trincheras que se esperaba corta y duró más de un año.


De todas partes del bosque bombardeado afluían concéntricamente hacia aquel mismo sitio los heridos. Moribundos y heridos graves obstruían el paso; caminar por allí era algo horrible. Una figura humana que estaba desnuda hasta medio cuerpo y que tenía desgarrada la espalda se apoyaba en el talud de la trinchera. Otro hombre lanzaba de continuo unos gritos estridentes, estremecedores; de su nuca colgaba un jirón de carne de forma triangular. El Gran Dolor ejercía allí su imperio; por vez primera pude mirar, como por una rendija demoníaca, en las profundidades de su dominio. Y las granadas seguían llegando.

Una cálida noche iba caminando por entre las ruinas de Monchy cuando las ratas empezaron a salir de sus madrigueras en cantidades tan increíbles que el suelo parecía una alfombra viviente en la que acá y allá la blanca piel de una rata albina hacía las veces de dibujo.

Durante la mañana el centinela del flanco izquierdo ha sido herido por un balazo que le ha atravesado las dos mejillas. La sangre salía a borbotones de la herida en gruesos chorros. Para que la desgracia fuera completa, hoy ha venido también a nuestro sector el alférez von Ewald; quería hacer unas fotos de la zapa N, que queda sólo a cincuenta metros de distancia de nuestra trinchera. Al darse la vuelta para bajarse del apostadero, un proyectil le destrozó la nuca. Murió en el acto. En el apostadero quedaron grandes trozos de hueso de su cráneo.

Después de un intenso aguacero se derrumban por la noche todos los traveses; al mezclarse con el agua de la lluvia forman una pasta espesa que ha convertido la trinchera en un profundo barrizal.

Cuando a la mañana siguiente, completamente empapado salí de la galería, no podía dar crédito a lo que mis ojos contemplaban. Aquella zona, a la que hasta entonces había impreso su sello la soledad de la Muerte, tenía ahora la animación propia de una feria. A las guarniciones de las dos trincheras enfrentadas el barro las había empujado a saltar fuera de los parapetos, y ya se había iniciado a través de las alambradas un intenso tráfico e intercambio de bebidas, cigarrillos, botones de uniforme y otras cosas. La muchedumbre de figuras vestidas de caqui que afluía de las trincheras inglesas, tan desiertas hasta entonces, causaba un efecto desconcertante; eran como espectros que apareciesen en la clara luz de la mañana.

En la guerra he aspirado siempre a contemplar sin odio al adversario, a apreciarlo como hombre de acuerdo a su valor. Me he esforzado en buscarlo en la lucha para matarlo y no he esperado de él otra cosa. Pero nunca he pensado que fuera un ser vil. Cuando más tarde cayeron en mis manos prisioneros, me sentí responsable de su seguridad y procuré hacer por ellos todo lo que estaba a mi alcance.


    2- SEGUNDA FASE. En ella llega la máquina: el material cada vez más destructivo y demoledor hasta llegar a cotas tan inhumanas que la propia realidad parece perder consistencia:


Con ella (la Batalla del Somme) terminaría el primer periodo de la guerra, el más sencillo; entrábamos ahora, por así decirlo, en una nueva guerra. Aunque ciertamente nosotros no lo sospechamos, lo que hasta aquel momento habíamos vivido había sido el intento de ganar la guerra por medio de batallas al viejo estilo, así como el fracaso de ese intento, que quedó varado en la guerra de posiciones. Ahora se alzaba ante nosotros la guerra de material, con su gigantesco despliegue de medios. Y a finales del año 1917 la guerra material sería sustituida por la batalla mecánica, cuya imagen no llegó, sin embargo, a desarrollarse por completo.

(…) apareció en la boca de la galería mi ordenanza, Paulicke, y desde arriba me gritó:

-¡Ataque de gas!

Saqué la máscara antigás, me puse las botas, me abroché el cinturón y eché a correr hacia afuera. Allí vi cómo una gigantesca nube de gas, formada de espesos vapores blancuzcos, estaba suspendida encima de Monchy, y cómo, impulsada por un viento suave, iba rodando hacia la cota 124, situada en una hondonada.

A veces un único estampido infernal, que iba acompañado de llamaradas, dejaba completamente ensordecido el oído. Después, un siseo agudo, incesante, producía la impresión de que se acercasen, uno tras otro, zumbando, a una velocidad increíble, centenares de fragmentos de metralla de una libra de peso. En ocasiones caía, con un golpe seco, pesado, un proyectil que no estallaba; a su alrededor la tierra temblaba. Por docenas reventaban los shrapnels, delicados como bombones fulminantes, y esparcían su densa nube de bolitas; después llegaban las vainas, con un resoplido. Cuando cerca de mí estallaba una granada, el barro caía al suelo con estruendo, como un goteo. Y en medio de todo aquello los fragmentos de metralla se clavaban en la tierra con un golpe seco.

Describir estos ruidos es más fácil que soportarlos, pues el sentimiento asocia cada uno de los sonidos del hierro chirriante con la idea de la muerte. Y así, yo estaba acurrucado en aquel agujero, con las manos delante de los ojos, mientras por mi mente desfilaban todas las posibilidades de que un proyectil me alcanzase. Creo haber encontrado un símil que expresa muy bien la sensación peculiar que se experimenta en una situación como esa, una situación en la que yo, al igual que todos los soldados de esta guerra, me he encontrado a menudo. Imagínese uno a sí mismo bien atado a un poste y amenazado continuamente por un sujeto que blande un pesado martillo. Unas veces el martillo es lanzado hacia atrás para tomar impulso; otras avanza zumbando, hasta casi rozar el cráneo; luego chocó contra el poste, del que salen volando astillas – a una situación como ésa corresponde exactamente lo que se siente cuando se está al descubierto en medio de un bombardeo en serio.

La atravesamos (una angostura famosa en Combles) a la carrera, mientras a nuestro alrededor se derrumbaban con estrépito las ruinas.

Por encima de ellas flotaba un espeso olor a cadáveres; tan violento era el fuego que nadie se preocupaba de los caídos. Era cuestión de vida o muerte el lanzarse a correr; y cuando noté, mientras corría, aquel tufo, apenas me sorprendió – formaba parte del lugar. Por lo demás, el hálito pesado y dulzón no resultaba tan sólo repugnante; mezclado como estaba con los acres humos de los explosivos, generaba también una excitación casi visionaria, que sólo la máxima cercanía de la Muerte es capaz de producir.

Fue allí donde hice la observación –y propiamente, durante toda la guerra, fue sólo en aquella batalla donde la hice- de que existe una clase espanto que al ser humano le resulta extraña, como si fuera una región no explorada. Y así, en aquellos instantes no noté miedo, sino una ligereza grande, casi demoníaca; también unos sorprendentes ataques de risa, que no conseguía dominar.

Bancos de niebla que permanecían a ras del suelo ocultaban de una manera enigmática y amenazadora aquella zona. A mis espaldas se oyó un ruido amortiguado, desagradable; con una objetividad extraña comprobé que provenía de un cadáver gigantesco que empezaba a descomponerse.

(…) Todos permanecimos aquella noche en vela; yo la pasé, junto con Paulicke y mis dos enlaces de campaña, en una madriguera cuya capacidad sería aproximadamente de un metro cúbico.

Cuando empezó a amanecer fueron poco a poco quedando al descubierto ante nuestros asombrados ojos aquellos alrededores extraños.

Entonces vimos que el camino en hondonada no era más que una serie de embudos gigantescos que se hallaban llenos de muertos, armas y jirones de uniformes. Granadas de grueso calibre habían removido completamente, hasta donde alcanzaba la vista, el terreno circundante. Los ojos, aunque buscasen, no podían ver ni una mísera brizna de hierba.

Con los ojos lagrimeantes volví al bosque de Vaux dando traspiés; los empañados cristales de la máscara antigás no me permitían ver, y así fui cayendo de embudo en embudo.

Aquella noche, con sus vastos e inhóspitos espacios, fue de una soledad fantasmal. Cuando, en medio de aquellas tinieblas, topaba con centinelas o con soldados perdidos que iban errantes de un lado para otro, tenía el sentimiento glacial de que yo no hablaba con seres humanos, sino con demonios. Me parecía estar vagando por una escombrera gigantesca, situada más allá de los límites del mundo conocido.

Sólo un alférez y un sargento ingleses consiguieron saltar nuestra alambrada. El alférez cayó muerto, aunque debajo del uniforme llevaba una coraza; una de pistola, que Reinhardt le disparó a quemarropa, le metió en el cuerpo una placa de la coraza. Al sargento los cascos de metralla de las granadas de mano le arrancaron ambas piernas; a pesar de ello, con una calma estoica, mantuvo apretada entre los dientes su corta pipa hasta que murió. También en esta ocasión tuvimos una vez más, como siempre que topábamos con ingleses, la grata impresión de enfrentarnos a gentes viriles y audaces.


    3- TERCERA FASE. La que Jünger llama “mecánica”. En ella ya ni siquiera son los hombres con maquinaria compleja y arrasadora en sus manos. Son las bombas, los aviones, los tanques… Maquinaria que supera todo lo conocido hasta entonces y aleja a los guerreros de cualquier posibilidad de lucha honorable y a la población civil de cualquier posibilidad de refugio, respeto o defensa.


Hasta la posición Sigfrido todas las aldeas eran un montón de ruinas; todos los árboles estaban talados; todas las carreteras, minadas; todos los pozos, envenenados; todos los cursos de agua, represados con diques; todos los sótanos, volados con explosivos o convertidos en lugares peligrosos merced a las bombas allí escondidas; todas las vías férreas, desmontadas; todos los cables telefónicos, arrancados; todo lo que podía arder, quemado. En suma, transformamos en un yermo la tierra que aguardaría al enemigo cuando éste avanzase.

Lo que allí se veía recordaba, como he dicho, un manicomio; y como éstos, producía un efecto mitad cómico y mitad repugnante. Aquellas destrucciones fueron funestas también para la disciplina de la tropa, como enseguida pudo notarse. Allí fue donde por vez primera vi la destrucción planificada, un tipo de destrucción con el que luego la vida habría de tropezar hasta la saciedad. Esta clase de destrucción, que está funestamente vinculada con las concepciones economicistas de nuestra época, ocasiona al destructor más daños que beneficios y no reporta ningún honor al soldado.

(…) hay una cosa que nunca es expresada con palabras suficientemente claras en el relato: el instante en que uno, estando emboscado, divisa al ser humano a corta distancia. El estremecimiento que le recorre a uno el cuerpo en ese momento es algo que no se puede comparar con ninguna otra sensación. Sin duda ya nuestros antepasados más remotos, que aún luchaban contra animales gigantescos, tuvieron el sentimiento de que el ser humano es un adversario diferente de los demás; el encuentro con él significa una prueba durísima también para nosotros, que estamos habituados a vivir semanas enteras en medio de los horrores de la guerra. Aquí es también donde siempre se manifestará por vez primera el declive de la combatividad: durante largo tiempo la tropa podrá seguir estando en condiciones de luchar con la ayuda de las máquinas, pero ya no será capaz de soportar la colisión directa entre un hombre y otro hombre.

En Fresnoy se sucedían continuamente las columnas de tierra, altas como campanarios; cada segundo parecía querer sobrepujar en violencia al anterior. La tierra se tragaba casa tras casa como por arte de magia, las paredes se venían abajo, las fachadas se derrumbaban, los desnudos armazones de las techumbres eran lanzados por los aires e iban a segar los techos vecinos. Por encima de blancuzcos bancos de vapor danzaban nubes de cascos de metralla; ojos y oídos permanecían hechizados por aquel exterminio vertiginoso.

Y aunque de doce hayan muerto diez, es seguro que, en la primera noche tranquila, los dos últimos se encontrarán ante una botella, beberán silenciosamente un vaso a la memoria de los camaradas muertos y luego comentarán entre bromas las vivencias comunes. En estos hombres está viva una fuerza elemental que subraya, pero a la vez espiritualiza, la ferocidad de la guerra: el gusto por el peligro en sí mismo, el caballeresco afán de salir airoso de un combate. En el transcurso de cuatro años el fuego fue fundiendo una estirpe de guerreros cada vez más pura, cada vez más intrépida.

Bien es verdad que el ser humano ha sabido dar entretanto a la Muerte una figura más terrible que la que tenía en la época de Marbot, cuando aún se disparaba con pólvora negra y con balas redondas, que producían un bronco ruido, y Goethe, en Valmy, podía estudiar cómodamente en su propio cuerpo la extraña dolencia llamada “fiebre de los cañones”.

El protagonismo de la maquinaria y la industria, con todo el poder financiero detrás y el mundo que se estaba delineando, decidió el final de esa guerra y de tantas otras a partir de entonces. Tendremos, además que reflexionar, y eso será en otro artículo, hasta qué punto esta maquinaria y la actitud de los gobiernos cambió el nomos (la definición, la decisión y el control de los espacios y de las relaciones internacionales) de la tierra, tal como Carl Schmitt estudia de forma brillante, pero sin traer al menos uno nuevo y claro al que atenerse sin miedo a la hipocresía y el interés usurero. Pero adelantemos que ya ni el botín libre de los mares, ni la toma de posesión de tierra sobre los vencidos servirán como criterio ante la llegada de la aviación y de armas de largo alcance y poder destructivo tan inmenso; en adelante el principal objetivo será la mera destrucción del adversario. A eso habrá que unir la desaparición de la idea de equilibrio entre potencias y respeto entre “enemigos” que se enfrentan en pie de igualdad que imperaba hasta esta guerra y las posteriores conferencias, para, con la excusa de un pretendido pacifismo, ideologizar las guerras convirtiéndolas en una lucha de “los buenos” contra “los malos”, a los que se criminaliza y hay que, más que respetar como enemigos, aniquilar como criminales. Con EEUU a la cabeza, y los demás haciéndole de corifeos, cuando no de compadres, se pedirá a los demás la no intervención en los asuntos propios; y sin embargo se intervendrá con los otros desde la economía, cuando no con la inteligencia secreta y cuando no directamente con las armas; incluso con excusas, como ocurrió con Irak, de “guerra de prevención”; para los otros sería “guerra de agresión” y por tanto, guerra de “malos”; pero para nosotros es guerra “buena” porque se está “previniendo” no se sabe qué peligro inventado o provocado a menudo por agentes propios… De esta forma, las guerras habrán dejado de ser un conflicto entre combatientes honorables para pasar a acercarse más a un intento de aniquilación de los contrarios. Estaremos así, desde la presunción de un pacifismo hipócrita, más cerca de los genocidios que de las guerras; conceptos como el honor o lo honorable habrán pasado a ser reliquia de tiempos antiguos; de hecho, sólo hablar de honor ya es suficiente para ser catalogado de antigualla. Y como los combatientes habrán dejado de contar como seres humanos dentro de la maquinaria de la guerra, será cada vez más común que dejen de comportarse como tales.

Quedamos emplazados entonces para otro artículo sobre el particular; pero permítanme despedirme con una versión propia de un poema que Jünger incluye en Tempestades de acero y que, en la edición que yo manejé, fue traducido de manera tan literal que perdía la rima, el ritmo y el espíritu; con la mía intento, modestamente, corregir eso hasta donde me es posible.


La galería es cómoda igual que un ataúd.

En el nido se aprieta pollada temeraria.

El mundo en la cabeza es cuerda de laúd.

Quizá otro beba luego en nuestra urna funeraria.

Toscos maderos, humos, gritos, acero y sal;

El anís nos embota lo mismo que un hachazo,

como algo que estallara en brevedad brutal;

por tres veces vivimos nuestra sangre en chispazo.

Y las velas esculpen cabezas afiladas.

Somos ahora los reyes de este corto momento;

nuestra raza es señal; nuestro rostro celada.

La Muerte, cual lacayo, entona su memento.

Emilio Ballesteros


Ernst Jünger

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